El modelo consiste en que dos partes, generalmente familias o individuos, intercambian temporalmente sus viviendas sin costo de alojamiento, ya sea de forma simultánea o no simultánea.
El mercado de servicios continúa expandiéndose e impulsado principalmente por la búsqueda de opciones económicas y experiencias más inmersivas.
La inflación y el aumento de los precios hoteleros y de alquileres vacacionales son los principales motores de esta tendencia. En destinos de alto costo como Nueva York, París o Londres, donde una habitación de hotel o un apartamento por Airbnb puede superar fácilmente los 300-500 dólares por noche, el intercambio permite a los viajeros acceder a barrios residenciales auténticos sin incurrir en esos gastos.
El auge del teletrabajo favorece estancias más largas (de semanas o meses) en hogares equipados con espacios cómodos para oficina remota, especialmente entre profesionales de entre 30 y 50 años que combinan vacaciones con productividad.
Además del ahorro económico, los participantes valoran las experiencias auténticas: vivir como local, cocinar con productos del barrio, usar el transporte público cotidiano y conocer la ciudad desde la perspectiva de un residente.
Esta búsqueda de inmersión cultural contrasta con el turismo masivo de hoteles y apartamentos turísticos, y se alinea con valores crecientes de sostenibilidad y menor impacto en las comunidades.
Aunque el intercambio requiere confianza mutua y buena comunicación, su popularidad no deja de crecer. En países como Estados Unidos, Francia y España ya se registran cientos de miles de intercambios anuales, y destinos como Nueva York figuran entre los más demandados por su oferta de viviendas residenciales atractivas.
En un mundo donde viajar se ha vuelto más costoso pero el deseo de conocer otros lugares permanece intacto, el intercambio de casas emerge como una solución inteligente, accesible y enriquecedora que redefine cómo millones de personas planean sus próximas escapadas.